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domingo, 14 de abril de 2013

VIACRUCIS EN UN PIE

Apenas hace un año estuve de visita en la sala de urgencias del IMSS. Tal vez fue muy espectacular, pues la herida en la cabeza causó un verdadero baño de sangre. Mi crédito telefónico era bastante, pero como casi nunca utilizo el celular, contaba con seis cientos pesos de crédito… pero congelado. De tal manera que me fue imposible comunicarme con mi familia. Después del accidente pude haber manejado hacia mi casa, pero me quedaba casi a la misma distancia que la clínica de urgencias. Decidí no correr el riesgo y me fui manejando con una mano al volante , y la otra en la cabeza, tratando de disminuir la hemorragia. Luego de aplicarme ocho puntadas y colocarme un vendaje que me hacía parecer al personaje de la caricatura de Mojojo, el médico me regaló un tour viaje redondo en ambulancia hacia otra clínica para la toma de radiografías. Hoy, usando la desbrozadora, cortando la abundante mala hierba crecida en los límites del terreno, caí con mi pie izquierdo en un hoyo de treinta cm. de profundidad cubierto por la maleza, y el resto de mi humanidad cayó completo. A pesar del ruido de la desbrozadora, pude escuchar el tronido en el interior de mi pie. Como nadie ve vio (eso creo, pues la hierba me cubría) me levanté con un fuerte dolor y dejé mi labor. Guardé todos los instrumentos y fui a darme un baño. Al verme un tercer tobillo opté por acudir al IMSS. En esta ha sido todo diferente, posiblemente porque la recepcionista, la doctora, y el enfermero no eran exalumnos, aunque no por eso puedo decir que la atención fue mala. Después de revisar mi hinchado empeine del pie izquierdo, la enfermera me puso una inyección para el dolor, mientras la doctora me expedía una orden para las radiografías. Esto fue una verdadera ironía, ahora que se me dificultaba caminar, no hubo ambulancia. Me dirigí en mi vehículo rumbo a la clínica donde me aplicarían las radiografías. Creí que sólo cruzaría el bulevard, pues el estacionamiento está frente al nosocomio y aunque existe paso para el peatón, uno debe correr para evitar ser arrollado, ya que el semáforo está a media cuadra. ¡Oh! ¡Sorpresa!, el estacionamiento se encontraba cerrado y todo mundo buscaba estacionarse, era la hora de visita en el hospital. Encontré donde estacionarme a una cuadra. Con mi paso lento, cual pistón de motor desvielado, recorrí la cuadra. La inyección no había surgido efecto. Esperé hasta que no hubiera tanto tránsito en uno de los carriles hasta llegar al camellón, para esperar y cruzar el otro. Con todo mi esfuerzo subí la rampa para llegar a la clínica, cruzando el mar de gente que acudió a ver a sus enfermos. Llegué con la recepcionista para que me dijera hacia dónde podría dirigirme. Viéndome todo jodido, frescamente me dice: ¨baje la rampa, tendrá que rodear el edificio pues estamos en remodelación. Entre por el estacionamiento de las ambulancias y si encuentra a alguien pregunte dónde están los rayos X¨. Pregunté… ¿No hay otro acceso?, sencillamente dijo… No. De regreso, rampa abajo, casi llorando de dolor llegué a la puerta del estacionamiento de las ambulancias. El pinche guardia no me dejaba pasar. Encabronado me le puse bravo. Al utilizar mi lenguaje persuasivo, amablemente me dijo más o menos hacia dónde me dirigiera. Crucé el estacionamiento, se me aparecieron dos opciones obligatorias, bajar una escalera o utilizar otra pronunciada rampa. Opté por la rampa, en cada paso que daba, una voz dentro de mí me decía… ¡Vete a tu casa y manda a la fregada todo esto!. Al llegar abajo, en el patio, un hombre y una mujer, trabajadores de ahí, platicaban. Les interrumpí pidiendo orientación. Me faltaban aún cincuenta metros (que me parecieron quinientos, por la velocidad y el esfuerzo). Llegué por fin al interior del edificio, pero tenía que subir al segundo piso. No quise usar la escalera y caminé otro rato buscando el ascensor agudizando mi oído para encontrarlo, puesto que no había letreros y ni una ánima, ni viva, ni muerta para preguntarle. Llegué al segundo piso. Me sentí en el interminable laberinto de la película The Shining. Ya mis ojos querían soltar el llanto, ¡estaba perdido!, cansado y adolorido de tanto caminar. Por fin encontré el pasillo en el que al fondo se encuentra la sala de Rayos X. Hay tres puertas. Toqué en la primera. Como no salía nadie, después de un rato toqué la segunda, y nada. Toqué la tercera y nadie salió. Pensé ¨es domingo¨, tal vez no haya nadie y comencé mi retirada. Sosteniéndome de las paredes llegue al extremo del pasillo, tratando de encontrar el camino por donde entré, cuando escuché que se abrió la primera puerta que había tocado. Salió de ella una mujer y su celular (seguramente estaba en el Facebook) diciendo ¿qué se le ofrece? Dudé en rayarle la madre, pero pensé en todo mi viacrucis y recurrí de nuevo el largo pasillo. La mujer tomó las radiografías, me las entregó y me retiré por donde entré tratando de no perderme, dispuesto a enfrentar de nuevo las penurias vividas al principio, pero ahora era cuesta arriba. Por fin llegué a mi carro y regresé con la doctora para la evaluación de las placas. Me pusieron una férula y salí de la sala de urgencias abrazando mi zapato izquierdo y mis radiografías. Nunca pensé cuánto pesaría la férula, lo sentí cuando en un solo pie, brinquito, tras brinquito llegué hasta mi carro para ir a casa.